MI REYNO NO ES DE ESTE MUNDO
En mi empeño por seguir educando al vulgo reúno aquà de nuevo un artÃculo sin duda ilustrador y esclarecedor.
Mi reyno no es de este mundo
Juan Carlos LongásDiario de Noticias
A palabra reyno no está en el diccionario”. Éste es el mensaje (escrito en rojo para mayor escarnio) con que se despacha la versión electrónica del diccionario de la Academia cuando se teclea el vocablo en cuestión. Algo parecido le pasa al Reyno de Navarra, que no está en el mapa ni en ninguna otra parte, porque es una entelequia contemporánea, un engendro a medio camino entre el chovinismo y la caspa. Quienes lo han parido (seguramente los mismos que hace unos años colocaron en todas las entradas a Navarra un ominoso letrero que rezaba: “Antiguo Reyno de Navarra”) parecen insertarse en esa corriente tan extendida en esta tierra que ensalza todo lo medieval, pero no a partir de un conocimiento más o menos exhaustivo – pero riguroso – de la historia, sino de cuatro tópicos mal digeridos que entremezclan una endeble base histórica con mucha imaginación y no poco afán tergiversador.
Como muestra, dos botones. En primer lugar, la polémica suscitada a cuenta de Sancho III, en la que intervino el mismo lehendakari Sanz, otorgando patentes de idoneidad para poder levantar monumentos al interfecto (podÃa habernos ahorrado el espanto que instalaron en la Media Luna) y opinando sobre lo que se debe escribir en las placas correspondientes, al tiempo que olvidaba un pequeño pero sustancial detalle en sus diatribas, como es que Sancho el Mayor nunca reinó en Tudela y sà en Hondarribia. En segundo, el renovado monumento a mayor gloria de quien peleó por evitar que Navarra recuperase su independencia; claro que, al decir de la alcaldesa, los pamploneses le tienen mucho cariño y -lo que es más importante para justificar la polÃtica municipal de monumentos y fastos - devoción. Como si en los PaÃses Bajos erigieran un monumento al Duque de Alba, en Lisboa a Felipe II o a Hitler en Varsovia.
Asà que a alguien se le ocurre acuñar el lema de “Reyno de Navarra” porque, dicen, suena a antiguo, a tradición, a historia. Vamos, a rancio. Si ya es de dudoso gusto que se recurra al obsoleto concepto de reino para basar la imagen exterior de Navarra, hacerlo utilizando una grafÃa inapropiada, cuando no incorrecta, es más grave. Y si quieren ser coherentes, que escriban Nabarra , que también se utilizó con profusión y en esto de los nombres propios hay más holgura. Pero a más de uno se le abrirán las carnes sólo de pensarlo.
Quizá aprenderÃan más historia si se decidieran a dotar presupuestos adecuados para catalogar el archivo, en lugar de subcontratar la tarea en condiciones lamentables. Pero corren malos tiempos para la cultura. Por cierto, que en inglés lo escriben Kingdom of Navarra . ¿Por qué no Kyngdom , ya puestos? ¿Y por qué no traducir al inglés también Navarra - Navarre - , que serÃa lo apropiado?
Luego nos quejaremos de la imagen que se genera por ahÃ. Recuérdese que los tópicos de los toros, el flamenco y la paella que acompañaron - y acompañan - al Spain is different son resultado de una campaña de promoción lanzada por la Administración española cuando Fraga era ministro del ramo.
Los afanes difusores de esa penosa y medievalizante imagen que se quiere transmitir llegan ahora al fútbol. El Gobierno de Navarra ofrece nada menos que 1,5 millones de euros anuales a cambio de que el estadio de El Sadar pase a llamarse ¡Reyno de Navarra!
HabrÃa que ver, para empezar, si lo de la subvención es razonable cuando las ubres forales están agotadas a base de no alimentar la vaca: se reducen impuestos a las rentas más altas y prestaciones a las más bajas, ingenioso sistema de cuadrar las cuentas y redistribuir. Cuando se recortan sin miramientos partidas presupuestarias sensibles destinadas a colectivos sociales débiles, cuando se escatima dinero para la educación o para infraestructuras esenciales como la biblioteca o el conservatorio, esa suma parece escandalosa.
Suena a maniobra para hacerse por fin, después de muchas intentonas, con el control de Osasuna, se supone que por interés puramente deportivo y no polÃtico o económico. Los aficionados harÃan bien en tentarse la ropa. El siguiente embate tendrá que ver con banderas, pancartas o lenguas, y terminarán todos en posición de firmes mientras suena la Marcha para la entrada del Reyno antes de cada partido. Hace unos años, seguramente, habrÃan optado porque el campo se llamara PrÃncipe de Viana. Pasada la fiebre por el infeliz Carlos que todo lo inundara, ahora le toca al Reyno pleno. Da miedo pensar en lo que pueda venir después.
Pero, decÃa el galleguito del bigote, no hay mal que por bien no venga. Gracias a las ocurrencias del marketing, ahora podremos emborracharnos con alguna reyna de Navarra en el mismÃsimo Reyno de Navarra (si no está clausurado; y esperemos que Osasuna nunca llegue a ser más que un club), o bebernos el férreo emblema del reyno e ir a dormir la mona con un rey, con tres o con una dinastÃa entera, siquiera sea afrancesada.
Si lo que se busca es promoción, hay nombres para el estadio tan adecuados y de honda raigambre, como Pimientos del Piquillo, Espárrago de Navarra o Chorizo Pamplona. En un tono más racial, se podrÃa optar por Viva - Navarra - Y - Sus-Fueros o Navarra - Siempre - P’Alante. La denominación de estadio A - Que - No - Hay - Cojones estarÃa plenamente de acuerdo con la foral idiosincrasia.
Pero mi preferido, con mucho, es Lehendakari Sanz Arena.
- Publicado por Javier a las 10:28 am
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A palabra reyno no está en el diccionario”. Éste es el mensaje (escrito en rojo para mayor escarnio) con que se despacha la versión electrónica del diccionario de la Academia cuando se teclea el vocablo en cuestión. Algo parecido le pasa al Reyno de Navarra, que no está en el mapa ni en ninguna otra parte, porque es una entelequia contemporánea, un engendro a medio camino entre el chovinismo y la caspa. Quienes lo han parido (seguramente los mismos que hace unos años colocaron en todas las entradas a Navarra un ominoso letrero que rezaba: “Antiguo Reyno de Navarra”) parecen insertarse en esa corriente tan extendida en esta tierra que ensalza todo lo medieval, pero no a partir de un conocimiento más o menos exhaustivo – pero riguroso – de la historia, sino de cuatro tópicos mal digeridos que entremezclan una endeble base histórica con mucha imaginación y no poco afán tergiversador.
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